La misma esencia de las flores

No sabe si lo logrará, no sabe cuánto durará su camino. Lo único en lo que cree tener certeza es en que no se detendrá hasta que haya cumplido su promesa. Antonia todos los días se levanta de su cama para oler las flores del balcón. No importa si el cielo está nublado, lluvioso o soleado. Ella siempre va a cuidar sus plantas y a oler las flores. Cuando niña, su mamá le regaló unas azucenas muy parecidas. Admiraba su prodigiosa dedicación al cuidado de las plantas. En una ocasión le dijo:

-Si gustas de aprender el arte de querer, debes primero intentar cuidar a algún ser vivo. A mí me gustan las plantas. Si le prestas mucha atención, perecerán. Si las olvidas también perecerán o peor aún… Las semillas jamás llegarán a florecer. 

Todos los días Antonia, después de oler las flores, tomaba un baño con agua caliente y vestía su leotardo y sus mallas y guardaba las mediapuntas en su mochila. Se miraba al espejo y tomaba una cinta roja para tomarse el cabello.  Quizá hace menos de dos años, veríamos a su madre caminando estresada por la sala, diciéndole que ya van tarde para el ensayo. Le terminaría el rodete y guardaría la merienda en su mochila. Hoy Antonia con menos estrés hace esto sola.

Antonia llegó a la academia de ballet, algunos de sus compañeros yacían en el suelo conversando entre ellos. Otras estaban de pie, estirando por su cuenta. Ella nunca fue de tener muchas amistades; ahora que prefiere el silencio, menos. Se escuchan unos pasos firmes, la maestra entró por la puerta. Todos se levantan y forman una fila al extremo de la pared.

-Primera posición- dijo la maestra. 

Todos sus alumnos hacían la primera posición.

-Segunda posición.

Todos realizaban la segunda posición. Una vez transcurridos casi 20 minutos y ya finalizado el calentamiento, la maestra dijo lo siguiente:

-Hoy todos ensayarán la obra. Todos tienen que practicar, incluido quienes no fueron elegidos. Quién sabe, quizá el mismo viernes, horas antes de la obra, haya que sustituir a alguien. Por eso, aquellos quienes ya han sido seleccionados no deberían sentirse tan seguros. ¡Hoy deben demostrarme a mí por qué los escogí! Comencemos.

Antonia era la protagonista de la obra. Ella era conocida en el pequeño mundo del ballet local por la finura de sus movimientos y la delicadeza con la que interpreta cada adagio. Sus movimientos son precisos, dulces, una máquina bella a prueba de errores.  Antonia interpreta a Carmen. A mitad de la obra, su personaje recuerda su mal de amores: su joven marido fue descubierto en el pueblo con una de sus mejores amigas. En aquel tiempo, en aquel pueblo, el suceso estuvo en boca de todos. Así, al pasar esas memorias por su mente, enfurece. Se saca la violeta azul que acostumbraba adornar su cabello y la tira con desdén al suelo.  Desea no volver a ver a ese hombre jamás en su vida. Se arrepiente de existir, se arrepiente de amarlo, se arrepiente de haber compartido toda una década junto a él.

-¡Deténganse! Antonia, no te ves lo suficientemente enojada. Este momento es crucial. Si no logras transmitirnos a nosotros, los espectadores, toda tu rabia, todo tu enojo, la obra entera carecería de su valor. No habŕa importado el esfuerzo de tus compañeros, ni siquiera tus numerosos grand jeté. ¡Nada! La obra se cae. Comiencen de nuevo.

La música reinicia, los bailarines comienzan a interpretar sus posiciones. Antonia siente sus ojos humedecidos. Carmen camina por la plaza del pueblo y los comerciantes la saludan. Una pequeña anciana le muestra las joyas que vende. Carmen es cautivada por un diamante carmín. Lo toma, lo mira a contraluz, sonríe. Cuando va a devolverlo para preguntar su precio, divisa en el horizonte la silueta de su marido y de su amiga. Está molesta y le entrega la joya con violencia a la anciana. Todo el mundo comienza a reír en voz alta. Ella siente que todos conocen su desgracia y se burlan. Un escarnio público. Los comerciantes la apuntan con el dedo, los niños que caminan con sus madres, los adolescentes enamorados que van juntos de la mano también. Carmen no puede aguantar su dolor. Su furia es desatada.

– ¡Paren! ¡Antonia! no estás lo suficientemente molesta. No nos das miedo, no nos transmites tu miseria. Comencemos otra vez. 

Antonia siente que sus lágrimas precipitan levemente por sus mejillas. Pide disculpas y dice que tiene que ir al baño. A la directora no parece importarle, le pide que se tome su tiempo, mientras tanto van a practicar con su suplente. Antonia sale de la sala y escucha que la música comienza de nuevo. Corre al baño, se sienta y llora. 

Su madre estaría afuera, no la miraría con desaprobación, al contrario: la abrazaría, le sonreiría, le diría ¡tú puedes!. Sin embargo, Antonia piensa que si su madre estuviera, ella habría podido interpretar el papel al nivel de perfección que la directora  exige. Pero su madre no está. 

Después de que su madre falleciera, Antonia encontró refugio en Carmen. Su casa tiene una sala grande donde puede practicar todos sus papeles. Allí su madre veía y corregía las posiciones de las numerosas obras que interpretó. Esta vez no le miraba su madre, sin embargo ella daba todo de sí.  Cada gesto, cada mirada que indicaba la historia. Intentó asemejarse con plenitud a Carmen: una joven aristócrata deseada por muchas personas en su región. Hija de una respetada familia, desde pequeña desarrolló un gran carácter. Su padre solo quería que ella se casara con algún integrante de la familia Palacios del Toro, por ello instruía enfáticamente a sus tutores que le enseñaran los modales de una buena “mujer” según los estándares de la época. Pero ella le exigía a su padre que sus tutores le permitieran aprender todo ese conocimiento que le era denegado. Gracias a la intervención de su madre, Carmen aprendió matemáticas, historia, lengua, hablaba varios idiomas. En términos de habilidades, no tenía nada que envidiarle a los hombres. En términos sociales, le quedaba todavía un largo camino para labrarse un nombre en una sociedad que insistía en quitarle su voz. Por eso Carmen había desarrollado una ira interior, una furia que le impedía quedarse callada ante las injusticias, incluso cuando éstas llegaran a través del amor. Antonia apreció mucho ese carácter rebelde de Carmen, pues su madre, en cierto modo, también se lo inculcó.  A este punto, Antonia estaba llorando sin poder detenerse. Se sentía tan sola, tan vacía. ¿Qué estaba haciendo ahí? se preguntaba. Miraba por el espejo la violeta azul que yacía en su cabello, escuchaba otra vez cómo a lo lejos la música se detenía y volvía a comenzar desde el principio. Se secó las lágrimas y mojó su rostro. Reparó en su mirada y en ese momento se trasladó a  esa plaza pública donde Carmen caminaría después de haber contraído nupcias con Santiago. Nunca quiso casarse, sabía que el matrimonio no era lo suyo. Tenía tan solo nueve años cuando ayudaba a su madre a lavar la ropa. ¿Por qué me tengo que casar mamá? Su madre la veía con cierta tristeza. Aún no debes pensar en esas tonterías, hija. ¡Pero si papá lo recuerda cada vez que vamos a cenar! No se cansa de hablar de lo importante que serán sus nuevas cosechas si logra aliarse con los Palacios del Toro. Pero hija, no debes preocuparte por eso, aún eres muy joven, yo me encargaré de ese tema en su justo momento. Por esta razón, gracias a las innumerables veces donde la madre de Carmen discutió con su esposo, es que Carmen pudo vivir una infancia más o menos tranquila y una adolescencia pacífica donde no se casó a la fuerza. Sus amigas no corrieron con la misma suerte. 

Carmen sería vista como una mujer hermosa, la más codiciada del pueblo; pero no quería ser reconocida por su belleza. Ella estaba dispuesta a labrarse un nombre en la medicina nacional. Si lo lograba, sería la primera mujer. Para ello necesitaba una convicción inquebrantable, una voluntad con las que solo nacen las personas pioneras. Antonia lo sabía muy bien. Esa voluntad le inspiraba a levantarse todas las mañanas, vestir su leotardo, practicar hasta que sus músculos se rindieran. No defraudaría a su madre, pero más importante: no se defraudaría a sí misma. 

Antonia entró a la sala y se sentó. Su suplente no pudo hacerlo mejor y la directora estaba ofuscada. Tras unos minutos y otra abrupta detención, chasqueó los dedos.

-Antonia, qué haces allí sentada, vuelve a tu posición ¡Rápido! Milena, siéntate. 

Tras el cambio de bailarinas, la música volvió a sonar. Carmen estaba furiosa por la deslealtad de su marido. Dentro de su ser palpitaba una tristeza profunda, pensó que su camino podía ser compartido, pero en un mundo donde las mujeres tienen que vivir mudas, ella no estaba dispuesta a perder su llama interior. Tras ver a su marido y su mejor amiga juntos, desató toda su ira. Le entregó las joyas a la vendedora. Tomó la violeta azul de su cabello y la arrojó con desdén al suelo. Cuando todos comenzaron a reírse de ella, Carmen les miró con desprecio, con ira. Avivaba una incorruptible convicción de sobreponerse a tan aborrecible sociedad. Los niños comenzaron a llorar, los comerciantes se alejaron, los enamorados huyeron con vergüenza. Nunca habían visto a una persona con tanta convicción como la de ella. No siente la ira de la traición, su ira no es contra aquel amor que ya decidió abandonar. La ira es contra el tiempo que perdió con alguien en quien no debió confiar. Carmen lograría lo imposible, hasta que se volviera habitual para otras mujeres como ella.

La directora se vio levemente satisfecha. Ahora podemos avanzar al último acto, dijo, tómense quince minutos de receso. No sabemos cómo termina la obra, porque ésta se estrena el próximo viernes. Antonia seguirá sintiendo su dolor, pero encarna el espíritu de Carmen y de su madre. No se detendrá. Heredó de su madre un espíritu inquebrantable y aunque siempre está preguntándose a dónde se habrá ido, siente que siempre estará intercediendo por ella para que cumpla el cometido al cual está destinada. Para que ningún obstáculo la derribe, para que ninguna furia le enceguezca y que solo la ilumine el fuego de sus aspiraciones. Mañana será otro día, mañana volverá a oler sus azucenas.

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