Las horas se van más rápido que esa micro

No sé sinceramente qué le sucede a los días,
desde que entré a la universidad pareciera
que la vida se me va más de prisa,
o que la postrera sombra estuvo detenida
mientras mi niñez pasaba.

Pero ahora llego de las clases a mi casa,
aclaro que no directamente sino
tras una agotadora jornada
y es como si el peso del día,
la demoledora cruz de las materias
reprobadas hicieran que
en un instante el reloj marque: dos de la madrugada.

¡Mañana hay clases a las 8 de la mañana!
si no llego habrá otra materia reprobada
qué chucha, qué rabia, en el ensayo parece
que me faltó agregar una cita APA,
eran las 9 de la noche pero ya son las 2 de la madrugada
el café no surte efecto, la vida se disipa como esa
partícula de cafeína que ya no me mantiene despierto.

Voy tarde, mi semana es un día y mi día, el segundo
que pasa desde que me levanto de la cama
hasta que estoy en el paradero esperando esa micro
que nunca pasa. Cuando chico, los minutos transcurrían
tan lento como esa clase de Derecho donde no cacho ná.

Pero ahora que no alcanzo a llegar a la primera hora,
me percato de que en esta rutina soy un prisionero,
las horas se van más rápido que esa micro
que nunca se detuvo, se va tan rápido como un lamento.

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